En el ocaso de la vida, un nuevo amanecer

    Contra lo que muchos opinan o creen, generalmente no todo ha concluido después de los 60. Un vivo ejemplo: ellos, viudos prematuros en la alta madurez de la vida, pero aún antes de aquel mojón de los 60, aceptaron y afrontaron la continuidad de la vida en soledad. Rodeados del afecto de sus hijos, familiares y amigos, pero solos en la faceta sentimental que supieron disfrutar, cada uno con su historia, durante varias décadas.

      Dicen que “la soledad suele ser la única compañía que nunca nos abandona, a lo sumo se corre un rato para dejar actuar al amor”.  El psicoanalista Gabriel Rolón afirma en su libro La Soledad, que “el amor es una creación de la humanidad para no morir de soledad. Y para abrazar al amado hay que ceder parte de nuestra soledad y así poder habitar una soledad compartida”.  

       Él hacía algo más de una década que había perdido a su compañera de toda la vida. Reconoce haber vivido durante diez años y medio “anestesiado”, al margen de cualquier inquietud sentimental, como si el corazón se hubiera puesto en pausa, aparentemente eterna. De pronto, el último verano sintió algo inusual en su interior, un despertar en busca de algo que intentara desactivar aquella anestesia. ¿El final del camino ya cercano y el impulso a no irse sin intentarlo al menos? ¿Evitar un futuro arrepentimiento por no haber probado?

       Súbitamente sintió una desconocida atracción por alguien a quien conocía desde hacía 17 años, relacionado solamente por una estrecha y cotidiana vecindad. Empezó a mirar a esa mujer, con una historia similar a la suya, como nunca lo había hecho. Se había evaporado totalmente la anestesia. La encontró “linda por fuera y por dentro”, confesó sin dudar.

         Comenzó a imaginarla de manera diferente, pensó estrategias para un acercamiento distinto, supuso reacciones y hasta lógicos rechazos. También “soñó” aceptaciones y progresos. Aventuró reciprocidades y hasta intimidades, utópicas por entonces.

         Ella, sin su compañero de toda la vida desde hacía algo más de doce años, tuvo que continuar con su actividad profesional a full para sostener materialmente la estructura de gastos familiares. Con una energía y empuje singulares, tomó resoluciones sin titubeos, inclusive resolviendo complejidades operativas de su “familia política”, con una empatía y solidaridad casi inexistentes en nuestro tiempo. Afirma que no tuvo tiempo para el duelo, que no hizo el duelo. Algo seguramente rebatible por un profesional, pero que no es el objetivo de este relato.

          Al mismo tiempo, y de manera no consciente, mantenía una coraza, un escudo contra cualquier inquietud sentimental.  Su hemisferio racional le aconsejaba “no innovar”, mantener todo bajo control, como venía sucediendo por años (trabajo, familia, planificación económica, únicas prioridades). ¿Para qué abrir un nuevo frente que atender?

           Por fin, y luego de diversos encuentros por él provocados (cenas, teatro, espectáculos musicales compartidos), se fueron manifestando más coincidencias que divergencias, con diálogos fluidos y sinceros, con pasados parecidos y con la viudez y sus consecuencias como comunes denominadores.

            Pero, con altibajos, la constancia de él y la coraza de ella se mantenían en sus propósitos. “Estoy muy bien sola”, afirmaba con frecuencia defensiva ella, aunque luego de dos meses de esgrima de principios y objetivos, algo la hizo bajar un poco el escudo y abrir la mirada. Dejó que el hemisferio emocional también opinara: le habrá sugerido, “¿y por qué no?” o “permití que el corazón y la intuición te guíen por un ratito”.

             Los dos coinciden en defender a muerte su individualidad e independencia. Afirman que “¡no hay que poner rótulos a la relación y que nadie reemplaza a nadie, hoy ni nunca!”. El pasado no se borra ni olvida, se recuerda con respeto.

             El leit motiv fue, sin conocer aún la afirmación de Rolón, “¿y si probamos compartir nuestras soledades?”. Y hubo química mutua. Seguramente los dos estaban dispuestos, al mismo tiempo y sin saberlo, a encarar el desafío, a intentar escribir una nueva historia.

¿El destino estaba escrito?  ¿Se alinearon los planetas? ¿Era en este tiempo y no antes?   

              O quizás simplemente pusieron en práctica lo que él intencionadamente proponía ante la terquedad de ella: “dejá que el viento de la vida te lleve, después habrá tiempo para correcciones”.

¡Está amaneciendo!

CONTINUARÁ

MB   

Mayo 2026.